Archivo de la categoría: José de la Cuadra

El montuvio ecuatoriano

José de la Cuadra nos introduce en muchos de sus relatos en la cultura montuvia. Pero, ¿quiénes son exactamente los montuvios?

Para empezar, si buscamos la palabra «montuvio» en el diccionario de la RAE nos aparecerá el término «montubio» definido como «campesino de la costa». En nuestra edición de los cuentos de José de la Cuadra, hemos mantenido la palabra «montuvio» con la grafía «v» tal y como la mantenía José de la Cuadra, por distintas razones como el hecho de que la RAE incluya la palabra con esa grafía en su Diccionario de americanismos (2010) y por la decisión que tomó nuestra editorial de no españolizar en modo alguno los textos latinoamericanos.

La crisis política, económica y social que desoló Ecuador en los años veinte y treinta llevó a los grandes intelectuales a preguntarse por la identidad ecuatoriana y por el sentimiento de pertenecer a una nación. Todos ellos realizaron sus escritos sobre su visión particular del país, sus tierras y su población, ayudando, quizás sin saberlo, a la conformación de un nuevo Ecuador.

Uno de estos autores fue José de la Cuadra, quien a través de la mayor parte de sus cuentos nos describe la figura del montuvio. Éste pertenece a una etnia social, una cultura y una identidad regional de la costa tropical del litoral del Ecuador, regada, como nos afirma nuestro autor, «por los grandes ríos y sus numerosos tributarios». Conforman sociedades, comunidades y pueblos que conciben la vida rural como único modo de existencia.

Su interés por la figura del montuvio le animó a realizar un ensayo sobre el tema, El Montuvio Ecuatoriano (1937), en el que nos transmite la identidad física y cultural del hombre montuvio, la geografía que ocupaba y su manera de relacionarse con el entorno.

Anuncios

La violencia

Todos los relatos de LTyORB giran en torno a un hecho violento, que ha sucedido a causa de las acciones de los personajes o es el detonante de la historia. En ambos casos, es una figura fundamental que José de la Cuadra utiliza para poner el foco del lector sobre una problemática social.

“La Tigra” comienza con el asesinato de los padres de la niña Pancha, la protagonista, que, a causa del trágico suceso, se convierte en una tirana; “Venganza” termina con la muerte del posadero en manos de uno de sus clientes; este, torturado por la culpa de haber matado a su mujer en un arrebato de ira etílica, decide responsabilizar al proveedor del alcohol que lo que él mismo ha hecho. En “Ruedas” una niña inválida se precipita a las vías de un tren que la arrolla: la fuerza destructora del progreso, que arrasa con los más débiles e inocentes.

La violencia genera violencia. En este caso la sociedad, ese monstruo colectivo, que todos contribuimos a crear, es el que destruye al individuo, al que aplasta hasta no quedar más que un residuo sanguinolento o, en el mejor de los casos, una nueva extremidad de ese monstruo gigante.

Un monstruo crea otro monstruo. Y muchos monstruos crean esta antología.

La correspondencia de José de la Cuadra

José de la Cuadra tuvo muy buenos e importantes amigos. Uno de ellos fue Jorge Carrera Andrade; considerado uno de los más grandes poetas de Latinoamérica, su obra significó la superación del modernismo y la iniciación de las vanguardias para la literatura ecuatoriana. Nuestro autor y Carrera Andrade coincidieron hacia el año 1920, en la redacción de la revista Juventud Estudiosa (publicación mensual de arte, ciencia, literatura y actualidad que dirigió De la Cuadra junto a Teodoro Alvarado Olea). Nacidos en el mismo año, colaboraron juntos en sus primeras incursiones literarias, al lado de figuras como Medardo Ángel Silva, José María Egás, Augusto Arias y Gonzalo Escudero.

Existe correspondencia entre ambos y unas líneas más abajo podrán leer una de esas cartas*. En ella se desprende el interés de José de la Cuadra por la posible influencia de su obra en el continente europeo y, también, la determinación de nuestro escritor de seguir y alentar el trabajo de sus contemporáneos.

Guayaquil, 4 de diciembre de 1935

Señor don Jorge Carrera Andrade,
El Havre.

 Querido Jorge:

Te saludo del modo más cordial.
En Quito, donde estuve ha pocos días, supe de tu matrimonio; y así, pensaba escribirte felicitándote. Al llegar a Guayaquil, me di con la gran sorpresa de tu libro y de la noticia. Mi enhorabuena. Te ruego presentarle mis respetos a tu esposa.

Muy hermoso tu libro. Estoy leyéndole y seguramente haré de él una nota crítica. Ya te escribiré de nuevo.

Te encarezco un servicio muy grande: Búscame y mándame la dirección de Georges Pillement. Me ha traducido cuentos, pero no sé su dirección. Quiero relacionarme con él.

Ojalá me relaciones con algunos escritores franceses, o residentes en Francia.

Haciendo votos por tu felicidad y la de tu señora, me suscribo, enviándote un estrecho abrazo.

 José de la Cuadra

* Recogida en Jorge Carrera Andrade Collection, Special Collections Department, Library, State University of New York at Stony Brook.

La perla del Pacífico

lau¿Os suena el nombre de Guayaquil? Pues es la ciudad donde nació nuestro autor. Conocida como la “Perla del Pacífico”, Guayaquil se encuentra situada a orillas del rio Guayas y presume de ser la ciudad más grande y poblada de Ecuador. Corazón económico y comercial del país, es uno de los principales atractivos turísticos y la ciudad que más visitantes recibe.

En sus cuentos, José de la Cuadra nos ambienta por gran parte de las zonas que rodean Guayaquil, como por ejemplo el río Guayas situado al este de la ciudad y rodeado por el Estero Salado.

«Ruta», descubrimiento poético

Gracias a Humberto E. Robles, uno de los mayores estudiosos de la obra de José de la Cuadra, descubrimos mucha bibliografía del autor que permanece todavía algo escondida. Se trata de material «desconocido» o apenas divulgado (debido a que apareció en revistas extranjeras o nacionales de escasa difusión; o recogido, si acaso, en el prólogo de algún libro), de donde hemos extraído el poema «Ruta» (1942).

En «Ruta» repercute aún el modernismo tardío, y su lectura nos recuerda al soneto «Tuércele el cuello al cisne» de Enrique González Martínez. En el poema, el autor da cuenta del debate ortográfico que seguía librándose en Ecuador entre la «y» griega y la «i» latina, persistiendo aquí la última de las dos tendencias. El título registra un motivo al que volverá con insistencia José de la Cuadra, intentando trazar el sendero a seguir de las letras del continente, por la encrucijada entre cosmopolitismo o nativismo, entre los intereses individuales o los colectivos.

Es la oportunidad de leer al José de la Cuadra anterior al Grupo de Guayaquil, al joven con pretensiones de poeta.

 Ruta*

Concéntrate en ti mismo i sé un enigma eterno;
desecha lo que diga la torpe humanidad;
i piensa que en ti llevas un cielo i un infierno
i que eres el substráctum de toda eternidad.
No te acobarde nunca el porvenir oscuro,
i jamás lo ilumines con tu imaginación;
que en las sombras que llenen tu camino futuro
debe guiarte la brújula de la sola razón…
Mata tus ilusiones…; porque nada en la vida
se realiza de cuanto soñamos. El IDEAL
es un beso que nunca nos dio la bienquerida,
un bálsamo que siempre deseará nuestra boca
i una nube que puso el demonio del mal
en el celaje limpio de nuestra mente loca …

José de la Cuadra

 *Apareció en la revista Bohemia, 1, No. 1, Guayaquil, 20 de julio 1924, p. 23.

Crear la antología

El oficio del editor literario hace posibles numerosas bondades, tales como perpetuar la excelencia de las lenguas o ayudar a los escritores a pulir el diamante en bruto que muchas obras son antes de ser publicadas.

De la misma manera, es responsable de no pocas vilezas. Una de ellas -si se debe considerar como tal- es la de tomar las obras completas de un autor para moldear, según criterios tan arbitrarios como los de uno mismo, una obra propia. Y como todo Pigmalión, el antólogo corre el riesgo de enamorarse de su creación; olvida que, de hecho, nunca ha sido tal cosa: no es suya, sino del autor que da nombre a la antología.

La Tigra y otros relatos brutales es una creación de Libros de la Ballena; pero pertenece a José de la Cuadra. Suya es “La Tigra” y suyos son los otros siete relatos brutales.

Nosotros los editores, asumiendo el papel de intrépidos aventureros, y, armados de algo tan peligroso como el criterio personal, nos internamos en la narrativa del autor ecuatoriano en busca de nuestra propia experiencia. A cada momento la expedición se detiene para analizar la fauna que habita esta jungla indómita, diminutos bichitos de color negro que se aparean para formar organismos más complejos, aferrados a las hojas -la vegetación es blanca y planiforme- que crecen por todas partes. En ocasiones, parece que no hay avance; la naturaleza de una narrativa personal, tan salvaje como la de José de la Cuadra, no permite la agilidad de movimientos que se puede dar en las llanuras de escritores ordinarios. No es fácil, y por eso resulta tan atractiva. No es hermosa en un sentido convencional; tampoco horrible: es sublime.

Finalmente, habiendo anotado en nuestros diarios las especies de frases más interesantes -o párrafos de extraordinaria biología- regresamos al laboratorio. Estamos, ahora sí, preparados para encerrarnos en el estudio y completar nuestras investigaciones. Escogemos ocho ejemplos característicos, ocho relatos con un ADN común, y ofrecemos al lector nuestra propia interpretación de José de la Cuadra, la fuerza creadora que los ha hecho posible.

La Tigra y otros relatos brutales ofrece al lector dicha interpretación. Es posible que no sea acertada, o tal vez encuentre numerosos adeptos. En cualquier caso, los editores esperamos que anime a la reflexión y, por qué no, suponga una lectura agradable. Que sea, fundamentalmente, una aventura memorable.

El grupo de Guayaquil

Las uniones entre escritores no son una moda actual; a lo largo de la historia de la literatura, muchos han sido los maestros de las letras que se han hermanado con otros compañeros para dar fuerza a sus publicaciones y que sus voces se alzasen y se escuchasen más lejos.

José de la Cuadra, junto con otros cuatro escritores ecuatorianos (Enrique Gil Gilbert, Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta y Alfredo Pareja Diezcanseco) formó parte del “Grupo de los cinco” o “Grupo de Guayaquil”, del que hace ya once años falleció su último miembro.

Hace dos años, el periódico El Universo publicó un artículo referente a este grupo, acercando, un poco más, el ambiente que reinaba:

“El ambiente, el trato era muy lindo, porque entre nosotros no existía envidia. Nos reuníamos en una especie de mesa redonda y discutíamos los textos. Leíamos lo que habíamos escrito y nos daban palo o lo aprobaban. Aceptábamos las críticas, eso nos servía para superarnos, porque era un hermano que nos hacía una observación”.

Más concretamente, sobre José de la Cuadra, Adalberto Ortiz, quien concedió la entrevista, solo tuvo buenas palabras:

“Le cuento que en su estudio Pepe tenía un escritorio y en un cajón de ese mueble él guardaba todos los cuentos que iba escribiendo. Los guardaba ahí por algún tiempo, decía ‘para que cojan mosto’, porque el buen vino con el tiempo tiene que coger mosto”.

Y es que, a pesar de que el grupo ya no esté junto en Ecuador, sigue vivo en las memorias de los miles de lectores a los que tocaron con sus palabras. No en vano, ya lo decían ellos: “Eran cinco, como un puño. Los cinco de Guayaquil.”