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La violencia

Todos los relatos de LTyORB giran en torno a un hecho violento, que ha sucedido a causa de las acciones de los personajes o es el detonante de la historia. En ambos casos, es una figura fundamental que José de la Cuadra utiliza para poner el foco del lector sobre una problemática social.

“La Tigra” comienza con el asesinato de los padres de la niña Pancha, la protagonista, que, a causa del trágico suceso, se convierte en una tirana; “Venganza” termina con la muerte del posadero en manos de uno de sus clientes; este, torturado por la culpa de haber matado a su mujer en un arrebato de ira etílica, decide responsabilizar al proveedor del alcohol que lo que él mismo ha hecho. En “Ruedas” una niña inválida se precipita a las vías de un tren que la arrolla: la fuerza destructora del progreso, que arrasa con los más débiles e inocentes.

La violencia genera violencia. En este caso la sociedad, ese monstruo colectivo, que todos contribuimos a crear, es el que destruye al individuo, al que aplasta hasta no quedar más que un residuo sanguinolento o, en el mejor de los casos, una nueva extremidad de ese monstruo gigante.

Un monstruo crea otro monstruo. Y muchos monstruos crean esta antología.

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Crear la antología

El oficio del editor literario hace posibles numerosas bondades, tales como perpetuar la excelencia de las lenguas o ayudar a los escritores a pulir el diamante en bruto que muchas obras son antes de ser publicadas.

De la misma manera, es responsable de no pocas vilezas. Una de ellas -si se debe considerar como tal- es la de tomar las obras completas de un autor para moldear, según criterios tan arbitrarios como los de uno mismo, una obra propia. Y como todo Pigmalión, el antólogo corre el riesgo de enamorarse de su creación; olvida que, de hecho, nunca ha sido tal cosa: no es suya, sino del autor que da nombre a la antología.

La Tigra y otros relatos brutales es una creación de Libros de la Ballena; pero pertenece a José de la Cuadra. Suya es “La Tigra” y suyos son los otros siete relatos brutales.

Nosotros los editores, asumiendo el papel de intrépidos aventureros, y, armados de algo tan peligroso como el criterio personal, nos internamos en la narrativa del autor ecuatoriano en busca de nuestra propia experiencia. A cada momento la expedición se detiene para analizar la fauna que habita esta jungla indómita, diminutos bichitos de color negro que se aparean para formar organismos más complejos, aferrados a las hojas -la vegetación es blanca y planiforme- que crecen por todas partes. En ocasiones, parece que no hay avance; la naturaleza de una narrativa personal, tan salvaje como la de José de la Cuadra, no permite la agilidad de movimientos que se puede dar en las llanuras de escritores ordinarios. No es fácil, y por eso resulta tan atractiva. No es hermosa en un sentido convencional; tampoco horrible: es sublime.

Finalmente, habiendo anotado en nuestros diarios las especies de frases más interesantes -o párrafos de extraordinaria biología- regresamos al laboratorio. Estamos, ahora sí, preparados para encerrarnos en el estudio y completar nuestras investigaciones. Escogemos ocho ejemplos característicos, ocho relatos con un ADN común, y ofrecemos al lector nuestra propia interpretación de José de la Cuadra, la fuerza creadora que los ha hecho posible.

La Tigra y otros relatos brutales ofrece al lector dicha interpretación. Es posible que no sea acertada, o tal vez encuentre numerosos adeptos. En cualquier caso, los editores esperamos que anime a la reflexión y, por qué no, suponga una lectura agradable. Que sea, fundamentalmente, una aventura memorable.

El grupo de Guayaquil

Las uniones entre escritores no son una moda actual; a lo largo de la historia de la literatura, muchos han sido los maestros de las letras que se han hermanado con otros compañeros para dar fuerza a sus publicaciones y que sus voces se alzasen y se escuchasen más lejos.

José de la Cuadra, junto con otros cuatro escritores ecuatorianos (Enrique Gil Gilbert, Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta y Alfredo Pareja Diezcanseco) formó parte del “Grupo de los cinco” o “Grupo de Guayaquil”, del que hace ya once años falleció su último miembro.

Hace dos años, el periódico El Universo publicó un artículo referente a este grupo, acercando, un poco más, el ambiente que reinaba:

“El ambiente, el trato era muy lindo, porque entre nosotros no existía envidia. Nos reuníamos en una especie de mesa redonda y discutíamos los textos. Leíamos lo que habíamos escrito y nos daban palo o lo aprobaban. Aceptábamos las críticas, eso nos servía para superarnos, porque era un hermano que nos hacía una observación”.

Más concretamente, sobre José de la Cuadra, Adalberto Ortiz, quien concedió la entrevista, solo tuvo buenas palabras:

“Le cuento que en su estudio Pepe tenía un escritorio y en un cajón de ese mueble él guardaba todos los cuentos que iba escribiendo. Los guardaba ahí por algún tiempo, decía ‘para que cojan mosto’, porque el buen vino con el tiempo tiene que coger mosto”.

Y es que, a pesar de que el grupo ya no esté junto en Ecuador, sigue vivo en las memorias de los miles de lectores a los que tocaron con sus palabras. No en vano, ya lo decían ellos: “Eran cinco, como un puño. Los cinco de Guayaquil.”